dissabte, 10 de gener de 2009

Abandono en la multitud

Me preguntaba un buen amigo si no creía yo que Madrid era la ciudad más acogedora del mundo. Aquella en la que la gente te abre los brazos sin preguntar de dónde vienes, sólo adónde vas. Quedó decepcionado y taciturno al confesarle yo que no veía en la ciudad más calor que en cualquier otra. Que todo ello es un mito, un inventarse un algo, un querer ser más. Que también en esta ciudad bulliciosa, divertida, orgullosa, miles de personas se sienten en soledad.

No es un reproche. Expresaba hoy en Facebook mi sorpresa al comprobar que casi nadie se para nunca a socorrer alguien en dificultades. Y siguió una alud de almas corroborantes de todas partes del mundo: de Madrid, pero también de Barcelona, de Bruselas.

Hoy era yo aquella a quien todos evitan. Renqueante alcanzaba una mesa en una cafetería de hospital, se desplomaba la cabeza, titiritaba el cuerpo. El dolor absorbía la sangre del rostro, dejándolo blanco, muermo. Sólo los ojos buscaban entre la multitud una mirada comprensiva, una mano acariciante, un brazo donde sostenerse. Las otras miradas parecían no ver. Y las que veían, huían, presurosas.

No, no me he sentido sola. Tenía el consuelo de un marido atrapado en la tormenta de nieve en su intento por venir a verme y, mientras, la seguridad de un Dios que cuida de mi, porque yo le dejo un huequecito en el alma. Y hasta al fin, una camarera que tras gritarme, se acercaba arrepentida a transmitirme la energía de su mano sobre mi mano, y que alejaba con este simple gesto todo peso en el pecho. Pero me sentía apenada por todas esas otras personas tiradas en la calle, por esos niños solos, por esa mujer que moría en una sala de hospital en Estados Unidos entre graves convulsiones, ignorada por médicos, pacientes, enfermeras, por la humanidad entera.

La gente tiene miedo. Un miedo atávico a contagiarse de la desgracia ajena. Terror a mirar cara a cara el desconsuelo, el vacío, el dolor. Sin darse cuenta que un día serán ellos los que caerán un día en una calle mojada, quienes esperaran inútilmente que aparezca un rostro en la puerta desde su cama de hospital. Sin nadie que los acaricie. Sin nadie que les de la mano, simplemente para estar, para compartir.

El mundo está solo, porque lo dejamos solo.